Maternidad, posparto

Camiseta mojada…

Notaba su respiración encima de mí, casi podía confundirme y sentir que más que cerca, estaba dentro.

Con su piel en mi piel, la subida de leche era inminente, tanto, que dos cercos húmedos asomaban por mi camiseta. Su sonrisa refleja me producía sosiego, imaginaba que era una sonrisa exclusiva para mi, y ahora tengo la certeza que así era.

Sonrisas a cuentagotas para calmar mis ánimos y desánimos, que a menudo me llevaban a una cueva sin salida, pensando en lo que no podía hacer, en lo que no podía trabajar, en lo que no podía hablar, en lo que no podía salir… La sensación de estar presa de mi cuerpo y de mi lactancia por unas expectativas que caían al vacío de una realidad que me costaba aceptar me llevaban un sin sentido, más gris que de color.

Mi bebé se despertó y trepó hasta mi pecho, prendiéndose de mi camiseta mojada que como pude me aparté. Ofrecí mi pecho, que punzándome por dentro me pedía ser tomado y a la vez me recordaba cuánto había deseado estar ahí. Después de unos segundos de pelea, mi hijo se agarró como si no hubiera un mañana, y entre ruiditos de esfuerzo y de deglución empezó a alimentarse de mi. De mi leche. De mi mirada. De mi cuerpo. De mi vida. Y mi yo, empezó a alimentarse de su vida, de su cuerpo. De su mirada. De su sentir. De su piel…borrando toda expectativa absurda y sinsentido para acercarme a una realidad llena de cuerpo, llena de instinto, y rebosante de amor eterno.

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