Guía para el destete nocturno: qué es y por qué puede no implicar dormir mejor
El destete nocturno es una de las transiciones más delicadas dentro de la lactancia y la maternidad. Muchas familias llegan...
Dicen que la vida de la mujer es cíclica.
Y cuando llegamos a la maternidad, esos ciclos dejan de ser teoría y se vuelven carne.
En los últimos años hemos avanzado mucho en visibilidad y conversación alrededor de la maternidad. Gracias gracias a mujeres valientes que han empezado a romper silencios. La maternidad empieza a ocupar su lugar.
Pero mientras caen unos tabúes… aparecen otros.
Hoy parece que hablar de las sombras de la maternidad incomoda.
Que nombrar el cansancio, el dolor, la tristeza o la añoranza es casi un acto de traición.
Entre crisis económicas, maternidades cada vez más tardías, conciliaciones inexistentes y esa presión absurda por ser mujeres todoterreno, el mensaje es claro: no te quejes.
Como si verbalizar lo difícil apagara la magia.
Como si contar lo gris estropeara el deseo de quienes aún no han llegado ahí.
Como si sentirnos desbordadas nos convirtiera en malas madres.
Y no.
No hay luz sin sombra.
Y a veces necesitamos una cueva. Literalmente.
Poder decir que hay miedo.
Que hay rechazo.
Que hay dolor.
Que hay angustia.
Que hay días pesados como plomo.
Y al mismo tiempo, poder decir que también hay gloria, deseo, gratitud, euforia y un amor que desborda.
La maternidad puede ser maravillosa.
Es un momento vital potentísimo.
Una etapa donde despierta el instinto, donde el cuerpo se transforma, donde nos sentimos animales y humanas a la vez.
Es entrega absoluta.
Presencia constante.
Miradas que lo dicen todo.
Y sí: hay momentos tan intensos que duelen.
Porque maternamos en una sociedad que nos ha educado para ser supermujeres.
Porque falta apoyo real.
Porque aún escuchamos demasiado “tú te lo has buscado”.
Porque parece que vales más si puedes sola.
Porque cada gesto se juzga.
Y así es normal sentirse ambivalente.
Es normal que los primeros meses sean una montaña rusa.
Es normal pensar que nunca volverás a ser la misma y que eso dé vértigo.
Todo eso es normal.
No porque seamos débiles.
Sino porque estamos huérfanas de referentes, de acompañamiento y de información.
Criadas en una cultura que castigó el maternar y romantizó el sacrificio silencioso.
Nos hacemos un flaco favor si solo contamos la parte rosa.
Si tapamos el oído cuando aparece lo gris.
Y no hablo de dramas infinitos: hablo de poder llorar a moco tendido si hace falta.
De contarle a una amiga la verdad completa: la bonita, la brillante… y la marrón.
De decir en voz alta que maternar no viene con manual instalado.
Que el instinto empuja, sí, pero luego hay que aprender ritmos, logística, límites, presencia y sostén emocional.
Que la seguridad se construye.
La maternidad nos hace inmensas y diminutas a la vez.
Hace que una ducha parezca una expedición.
Que una siesta de veinte minutos sea un tesoro.
Y también va de compartir recursos.
De hablar de personas que sostuvieron.
De miradas que reconfortan.
De muros que, poco a poco, se hacen más bajos.
De días que se aclaran paso a paso.
Hasta que llega el segundo.
Porque sí.
Todo es cíclico.
Artículos que no te dicen cómo ser madre perfecta, sino que te acompañan a ser madre humana.
Historias, experiencias reales, y recursos que te sostienen.
Porque cuando entiendes lo que pasa, dejas de sentir que todo te pasa por encima.
No necesitas que te digan “todo pasa”. Necesitas que te sostengan mientras pasa.
Nuestros acompañamientos no son para enseñarte a ser una madre perfecta. Son para escucharte, ayudarte a entender lo que estás viviendo y darte herramientas reales para hacerlo más llevadero.
Estás criando una vida. Mereces que también cuiden de la tuya.